Bienvenidos; os invito a leer, si os apetece, mis palabras enredadas.

miércoles, 26 de julio de 2017

La última súplica.


Foto de José Juan Mújica Villega

A pesar de su muerte aún percibe la llegada de la galerna como el rugido de una fiera acechante. Es un cadáver con las entrañas calcinadas, cubierto de sal, desnudo, hediondo, anhelante, que espera la llamada de su amo: el mar, su dios arrogante; y rabiosa por olvidada, escupe su deseo a las crestas que azotan su proa: 
«No me abandones porque prefiero pudrirme, varada en una ciénaga distante sin emitir un solo lamento, que olvidar a mi amante».

viernes, 30 de junio de 2017

Carbón, Nenuco y Cantimpalos



Efe arrugó y desplegó varias veces el contrato; el rictus ladeado de su boca reflejaba que ya había traspasado el umbral del miedo y, poseído por la ansiedad, agitaba en el aire aquella paloma vieja que me hacía cosquillas en la nariz.
—¡Me van a comer vivo, nena! —exclamó a la vez que se limpiaba las lágrimas de un manotazo furioso. 
—Cielo, no son ogros, son mineros... —traté de calmarle—. Sabía que se enfrentaba a un mundo adverso, pero no consideré necesario intensificar sus temores.
Su padre había perdido la vida en el pozo y, por ley, le correspondía un puesto de trabajo en la mina. No tenía alternativa: no podía rechazarlo. En el pliego arrugado se detallaban las condiciones y la fecha de incorporación a la empresa. Lo que debió ser un motivo de alegría y alivio, se convirtió en una pesadilla durante los días previos a su primera incursión en las entrañas de la tierra. No dormía, sudaba profusamente y apenas comía. Se miraba al espejo y, descorazonado, lamentaba: 
—Tengo tanta pluma que parezco un abanico... ¡jamás me aceptarán! ¿Tú sabes de qué modo profieren los insultos? Con la boca rebosante de mecagoendioses... 
Me permito exhibir una sonrisa al recordarle tratando de caminar como un machote e impostando la voz, pero la colorida fiambrera en la que transportaría sus raviolis le delataba más que cualquier otro gesto. Advirtió el error de inmediato y se preparó un enorme bocadillo de chorizo que guardó en el fondo de una bolsa de diseño. Ambos sabíamos que jamás se comería aquella inmensa cantidad de embutido. Así, envuelto en aromas de Nenuco y Cantimpalos se marchó, tembloroso y abrumado, dispuesto a enfrentarse a lo desconocido. 
Durante los meses que siguieron lloró con amargura; yo imaginaba que se mofaban de él, que le imitaban y susurraban palabras soeces a su oído, en una larga lista de humillaciones sin fin, pero Efe parecía caminar portando una dura coraza como el carbón bruñido contra la que rebotaban las palabras, y no se daba por vencido. Un día le pregunté por qué no abandonaba el infierno, y me contestó que aquellos hombres, hoscos y serios, le habían ayudado desde el primer instante. 
—¿A qué te han ayudado, Efe? No me mientas, por favor...
—Fui un tonto al dejarme llevar por los prejuicios. Me han acogido mostrándome respeto y me consideran un compañero más; sí, lloro... pero de orgullo, nena, de orgullo... 
Cada día Efe baja a la mina, con su pluma y su lámpara, y porta una fiambrera de estridentes tonos repleta de placenteras delicatessen que comparte con sus compañeros, y me siento tan orgullosa de él que tenía que contarlo.

martes, 27 de junio de 2017

Dignidad



La patera estaba repleta de personas. No cabía ni un alfiler. El frío provocaba el castañeteo de dientes al unísono; la sed y el hambre los mantenía adormecidos, moribundos, resignados, sin esperanza. Varios se habían aferrado a la vida hasta el último instante en un vano intento por alcanzar la tierra prometida. Sus cuerpos inertes fueron lanzados por la borda; no quedaba más remedio que deshacerse de los cadáveres. Los ojos de Makhir estaban habituados a contemplar a la muerte de cerca, pero no pudo contener los gritos cuando tiraron al mar a sus amigos. Le amenazaron. Harían lo mismo con él si no cesaba de lamentarse, y el joven silenció su angustia mordiéndose la lengua hasta  que el sabor metálico de la sangre inundó su boca. El deseo de vivir se imponía al dolor. Se concentró en la mirada del niño atado, mediante una tela estampada, al pecho de una mujer demacrada. Sus ojos brillantes, como dos pequeñas estrellas, transmitían inocencia y terror. Se reconoció como si se mirara en un espejo dañado.
La infancia de Makhir había sido un infierno de guerras ajenas, abusos y mutilaciones, de hambre perpetua, dolor y miedo. Y ese mismo miedo a morir, como un perro sin nombre, sin hogar, sin patria, le había instigado a huir. 
Estaba a punto de cambiar la pesadilla por un soplo de esperanza. Durante años ahorró hasta la más mísera moneda que pudo conseguir para pagar un pasaje en el barco de la muerte. Temblaba y rezaba... En pocas horas llegaría al destino deseado. 
No advirtió el momento en el que la mujer dejó de respirar; el niño lloraba con tanta fuerza que los bárbaros dictadores de las reglas dentro del ataúd flotante, decidieron arrojarlo a las gélidas aguas del océano junto a la madre muerta, argumentando que no sobreviviría sin ella. Makhir no pudo permitir que apagasen la luz de los ojos negros y asustados, no podía mirar hacia otro lado. Sin pensarlo, se zambulló tras él. No sabía nadar; la vida solo le había enseñado a patear, y pateó en el agua con fuerza tratando de no tragar demasiada. Consiguió alcanzar al pequeño y lo abrazó con fuerza, manteniendo a duras penas las cabezas de ambos en la superficie. Si debían morir, lo harían asidos de  la mano, pero no le abandonaría como habían hecho años atrás con él. 
Las sirenas rasgaron el silencio y las luces iluminaron la oscuridad. La patrulla de salvamento actuó con celeridad para salvarlos. Quizás fue casualidad o un golpe de buena suerte que no muriera aquella noche; quizás estaba destinado a recuperar su dignidad y, por unos instantes, Makhir volvió a sentirse como un ser humano, y deseó capturar ese momento para siempre.



lunes, 12 de junio de 2017

EL VIAJE DE LA LECHUGA



Con diecinueve años, había transcurrido la totalidad de mi existencia en una remota aldea del Norte. Me sentía ávida por saber qué se “cocía” más allá de las lindes de los prados que rodeaban mi casa, pero sin posibilidades reales de conseguirlo. Por una de esas maravillosas y sorprendentes casualidades del destino, quiso la fortuna que un viejo amigo de la familia, emigrado años atrás y del cual no se habían vuelto a tener noticias, regresara un buen día para presentarnos a su esposa, una francesa muy sofisticada de modales muy dispares a los nuestros, con el pelo corto como el de un chico y gran amante de comer arroz con nata. Se hallaba bastante incómoda siendo el centro de atención de toda la vecindad, así que, imagino, vio en mí un espíritu, sino afín, sí cercano en juventud y viveza. Así se fraguó nuestra amistad: una relación basada en gestos y expresiones, sonrisas y mohines que nos permitían comunicarnos, ignorando la barrera del idioma que nos separaba. Cuando se fue, me sugirió que la visitara algún día, ¡como si París estuviese a la vuelta de la esquina y no cerca de la Luna! Asentí con la cabeza, aunque bien sabía yo que jamás podría ir, y creo que ella adivinó lo que pensaba porque me hizo un guiño cómplice y me dio unas palmaditas en la espalda de consuelo.
Transcurrieron varios meses tras su partida y todos se olvidaron de aquella visita; todos menos yo, que seguía soñando como una tonta con volar. Un día de primavera, el cartero fue portador del regalo más espléndido que había recibido en mi vida. El sobre que me entregó contenía un billete de autobús con destino a París y una escueta nota de aquella joven extravagante que no se había olvidado de mí y que con tanta generosidad me invitaba a visitarla. Sobra decir que todo se convirtió en un torbellino de nervios alrededor mío. Carecía de dinero, de ropa, de conocimientos y cultura, pero sin dudarlo ni un instante me subí a aquel autobús que me alejó del pueblo sin mirar atrás.
Doce horas de viaje más tarde, haciendo paradas esporádicas para comer un bocadillo en una gasolinera o ir al baño, estaba en la ciudad más hermosa y grande que había visto nunca.
Ella me recibió con gran hospitalidad; había tomado sus vacaciones para poder estar conmigo y mostrarme todo lo que pudiera visitar en la semana que permanecería allí: los grandes monumentos, de los que yo apenas había oído hablar; la torre aquella gigante de hierro; los museos, en los que yo no había puesto un pie en mi vida; el molino aquel, en el que las bailarinas enseñaban las bragas; la noche iluminada por miles de bombillas; los pintores callejeros, que veían en mi rostro una obra en potencia, hecho que me asustaba bastante, pues siempre me he considerado una persona corriente; las personas de otras razas que me miraban porque yo las miraba…¡todo lo contemplaba atónita y maravillada!
No podía creer que existiese un mundo distinto al que yo conocía, pero allí estaba: ante mis incrédulas retinas que ansiosas se embriagaban de detalles y momentos inolvidables. Y sin darme cuenta llegó el momento de regresar, no sin antes comprar algunos recuerdos con los escasos cuartos que tenía en los bolsillos. En las formidables galerías que constituían el centro de la vida comercial de la ciudad, se apiñaban con pulcritud una infinita gama de productos bellos, sabrosos, elegantes y... ¡muy caros! 
Recorrí cada sección deseando adquirir pequeñas bagatelas sin importancia, pero me resultaba imposible, así que me decidí por un único y especial objeto que me recordase la vorágine de aquellos días. Se trataba de un sencillo recipiente de plástico. Sobre él, una tapa giratoria imprimía tal velocidad a lo que contuviese en su interior, que mareaba con solo mirarlo. Mi amiga trató de disuadirme sin éxito, y se mostró contrariada con mi elección, pero yo no cejé en mi empeño y compré aquel cacharro desconocido, del que tardé bastante tiempo en comprender para qué fin se usaba. 
Regresé con mil historias que contar y me faltaban palabras para describir todo lo que había visto.
Hoy veinticinco años después, cada vez que preparo una ensalada recuerdo mi primera “expedición” por el largo y ancho mundo que me enamoró, porque la lechuga viaja a la velocidad del rayo en el centrifugador de plástico que la ingenua de mi (esa a la que hoy echo de menos), compró como souvenir, haciéndome revivir el vértigo que sentí al conocer París en primavera.








  


jueves, 11 de mayo de 2017

SORTEO


Desde el blog de literatura Las Inquilinas de Netherfield, se realizan preciosos sorteos de libros de todo tipo de géneros. En esta ocasión ha sido Su Mejor Interpretación el título que juega con las damas de la mansión. ¡Os animo a participar!  Gracias y un saludo.
http://inquilinasnetherfield.blogspot.com.es/2017/05/sorteo-2-ejemplares-su-mejor-interpretacion.html

jueves, 27 de abril de 2017

Booktrailer



¿Para qué sirve un book trailer?
La respuesta es sencilla:
Así,en frío, el motivo de su utilización, cada vez más extendida, es el siguiente:
Nos permite disfrutar de preciosas imágenes y de una música cuidadosamente seleccionada con el fin de atraer la atención de potenciales lectores. 
Cuando el trabajo lo elabora una lectora a la que le ha gustado tu libro, cambia el sentido del vídeo y sus intenciones, porque te emocionas y derramas la lágrima, al percibir que ha puesto todo su cariño, tiempo y esfuerzo en ese trabajo que tú eres incapaz de realizar debido a tus manazas en el campo audiovisual.
Así pues, comparto este precioso regalo como muestra de agradecimiento a esa mujer artista, quien con su sensibilidad transforma una herramienta de marketing en un momento especial, sin más pretensión que la de llegar al corazón del espectador-lector.
¡Gracias Noelia!
Os envío a su blog, y os aseguro que no os arrepentiréis de visitarla: http://unamujerartista.blogspot.com.es/


viernes, 21 de abril de 2017

MISS BOCARTE

Miss Bocarte

Me diréis que soy un plomo pero no lo puedo evitar. A pesar de los carteles y de los cromos que me adulan, y de los siglos que llevo a remojo con la cola de pescado y los pechos cubiertos por cáscaras de ostra que me rozan los pezones, y de que ni por suspiros ni por languideces me rescata el príncipe que sí tiene dos patas, he decidido poner una queja en toda regla ante el filósofo que lleva el tema este de los cuentos.
Ya habréis adivinado quién soy, pero no me conocéis en realidad. No tenéis ni idea, de verdad. Dicen por ahí que algunos me escuchan cantar. ¡Ja! ¡Y yo a ellos eructar! Cuando se toman dos o tres barricas de ron, de la que van a Jamaica, y mean por la borda, y de paso echan la pota. Les juro señores, que nada más lejos de mi intención está el entonar canción alguna, ni enamorarme de marino o de cabeza coronada campechana; suelen ser borrachos y rarunos: no tengo yo el horno para tantos humos. ¡Qué cansino y qué aburrido es ser sirena! Aquí, mi amiga la ballena, pletórica de plancton, se va de picos pardos a ver si liga con un tiburón  —Fassbender, corres peligro, pon atención—, y me aconseja muy ufana: tírate a alguno que sea majo, te hace falta una alegría, tía quisquilla. Y yo le hago una mueca mientras pienso: casi tiene razón.
Me confieso, esta soy yo: quiero un plato de carne fresca, un buen filete, un cachopo suculento, nada pido del otro huerto. También un par de enaguas, mucho mejor si son bragas, de quita y pon, para cuando surja la magia esa de las piernas, pero me temo, que con la suerte que gasto, de esta me crecen alas y vuelvo a estar en las mismas: cansada de ser una mutación. Ni ligo ni me encamo, claro que no, pues me falta una parte del cuerpo, la más importante del esqueleto; no sean mal pensados ¡me refiero al corazón! ¿Qué esperaban? Solo soy una simple ilustración. El alma me pide gritar: ¡Disney, eres un cabrón! Pero no, ante todo que prime la educación.
Y aquí van más quejas: ¿qué me dicen de la melena? Siempre húmeda y encrespada, por mucha perorata que largue el tal Llongueras, a mí no me soluciona nada. Me salva el ser pelirroja, porque esta noche nado hacia el mar de Escocia, a ver si inspiro a la Gabaldón y pego el pelotazo, me hago la cirugía y  finalmente visto con pantalón.
 Si algún día me rindo será debido al mercurio de los vertidos que se me ha incrustado en las escamas de la ventrisca; disculpen si me expreso de forma tan arisca, pero esta vida mía tiene miga, y no me refiero a la que lanzan los guiris que chistan a los delfines desde el bote de un biólogo de acuario. No, eso no me importa en absoluto, porque suelo aspirar el humo de sus canutos desde proa, y me relaja un montón; sino que me refiero a este sinsabor, a este despropósito del destino que me hace patalear con la orejas al son de las almejas que me miran ojipláticas y boquiabiertas a la par que me cantan a coro burbujeante: Nenita, has perdido la razón.
Resumiendo, todo esto viene a cuento de que, a veces una que es sirena no serena, echa espumarajos por la boca y así se desahoga, se escaquea de su padre el del tridente, siempre tan pendiente; de las hermanas perfectas y paletas que no saben lo que es un tenedor; del cangrejo castañuela y la abuela puñetera, quien me acusa de hablar así debido al resacón, —y no se refiere a la mareona asturiana, no—, ¡qué poca imaginación! ¿A dónde va ir una pobre sardina como yo de botellón? Denme opciones, direcciones, háganme este favor si les llega mi mensaje en Morse, pues ustedes bien saben que no poseo ni una pizca de voz, y lo que aún es peor: ni un buen libro que ilumine mi sesera. Pobre de mí...
¡Qué invierno me espera en esta nevera!
 Suya, siempre suya:
La Peza, con su queja.